“Un día vimos brillar en el fondo de nuestra alma una luz pequeña… ¡Esa luz era nuestra VOCACIÓN!... ¡No empezó nunca a brillar… un día la vimos, nosotros, brillar!…”

P. Félix de Jesús Rougier MSpS

Es impresionante la experiencia de descubrir de pronto en el corazón, una fuerte inquietud por hacer propia la causa de Cristo y por servir a los demás hasta sus últimas consecuencias, como una luz que brilla y expande los deseos de vivir, ofreciéndole un rumbo a nuestra existencia y llenándonos de alegría y al mismo tiempo de una inexplicable sensación de riesgo.

Esto, como dice el p. Félix es la VOCACIÓN… una luz que nos hace intuir que hay algo más para nuestra vida, algo que vale la pena y que llena de sentido lo que somos y lo que hacemos. Hay que saber descubrirla, leerla, interpretarla, buscando en nuestra propia historia los pasos y el recorrido de Dios, por lo tanto, su voz que llama.

Para esto hay que emprender un camino de búsqueda, un proceso en el que es clave el encuentro más cercano con Jesús y el servicio.

Las Hijas del Espíritu Santo ofrecemos en esta etapa, herramientas y espacios para ayudar a las jóvenes a percibir en su interior esa luz a través del acompañamiento, la experiencia de servicio a los más necesitados, el diálogo con otras jóvenes que comparten las mismas inquietudes y el conocimiento cercano de nuestra familia religiosa para descubrir la sintonía entre los deseos de Dios y sus deseos.


Tiempo de “clarificar”

Cuando una joven ha abierto su corazón a Dios y se ha dejado fascinar por él, comienza a preguntarse ¿Qué voy a hacer con mi vida? ¿A quién se la voy a entregar? ¿Tendré vocación?

Cuando una joven abre los ojos ante la realidad y logra dolerse con el dolor de los demás y tiene ganas de construir un mundo distinto, comienza a preguntarse ¿Hasta dónde estoy dispuesta a amar? Para resolver estas preguntas se necesita un tiempo y espacio propicio para encontrarse consigo misma más profundamente y con JESÚS, la verdadera RESPUESTA.

Si la inclinación más fuerte es buscar en la vida religiosa femenina un espacio en el que éstas inquietudes se clarifiquen el paso a seguir es “tocar las puertas” de un Instituto de vida religiosa. A este proceso se le llama POSTULANTADO.

El postulantado es ese espacio de clarificación vocacional que implica concentración, silencio, búsqueda sincera. En nuestra Congregación dura de uno a dos años, según la realidad de cada persona. Implica, para las jóvenes, asumir progresivamente un nuevo estilo de vida basado en los valores del Evangelio, formarse en el discernimiento para identificar, entre las múltiples voces interiores la voz de Dios, así como profundizar en su compromiso bautismal.

El Postulantado se vive en comunidad con otras jóvenes que comparten las mismas inquietudes guiadas por hermanas capacitadas para acompañar la búsqueda vocacional de las jóvenes. Hay que ponerse en camino, dejar casa, familia, estudios para dedicarse de lleno a buscar el rumbo que se le quiere dar a la vida.

El programa del Postulantado está diseñado para el crecimiento integral de la postulante atendiendo cuatro áreas: Humana, Comunitaria, Experiencia de Dios y Carisma.


Tiempo de “enamorarse”

El noviciado es una etapa de dos años en el que la joven tiene la única tarea de profundizar en el conocimiento de Jesús Sacerdote y Víctima y del carisma de las Hijas del Espíritu Santo.

En el noviciado se aprende a vivir desde dentro. La escuela es Jesús, su Evangelio. Por eso es necesario “retirarse al desierto” de la oración, de la intimidad con Jesucristo, de la intimidad con el propio corazón para escuchar más claramente la elección de Dios.

Hay que encontrarse también con los fundadores del Instituto: Félix de Jesús y Ana María del Espíritu Santo; su vida y sus escritos nos muestran el camino andado por ellos para responder a la voluntad de Dios en su contexto, respuesta valiente y decidida a favor del Reino aun a costa de la vida.

Esta etapa se vive en comunidad, en la que las novicias conviven con otras hermanas que acompañan su formación y discernimiento.

Al igual que el postulantado, el noviciado cuenta con un programa formativo que favorece el crecimiento personal, especialmente la capacidad para dar un centro a todas las fuerzas afectivas: Jesús y su Reino; para construír sobre roca firme la propia existencia como mujer consagrada.

El noviciado termina con la decisión libre de la novicia de seguir a Jesús radicalmente según el carisma de las Hijas del Espíritu Santo, ésta decisión se expresa públicamente con la profesión de los votos de castidad, pobreza y obediencia.


Sentirse elegido por Dios es una fiesta. Y decirle SÍ a Jesús supone comenzar a vivir de otra manera, perteneciéndole, dedicándonos totalmente a su causa: el Reino.

Durante el juniorado aprendemos a ser para el mundo y la sociedad de hoy un signo claro de los valores del Reino. La formación en esta etapa se da en la vida misma, en la experiencia cotidiana de pertenecer a una de nuestras comunidades de vida apostólica y compartir con las hermanas nuestra vida y misión en escuelas, parroquias, seminarios, en el trabajo con los niños, la pastoral con jóvenes, con familias, el trabajo en equipo, etc.

El objetivo principal en este momento es aprender a compartir un proyecto común de vida y misión con hermanas de diferentes edades. La vida comunitaria y la labor apostólica se convierten en los espacios formativos privilegiados, la vida cotidiana con sus gozos, luchas y logros se vuelve lugar de encuentro con Dios. Se va forjando en cada una la espiritualidad apostólica para llegar a ser una mujer con corazón de fuego, que aprende a dejarse guiar por el Espíritu y a ser profeta de esperanza entregando su vida al servicio de los demás, especialmente los menos favorecidos; una mujer que vive una honda amistad con Jesús y se siente impulsada a compartirla con muchos más.

Esta formación se complementa con estudios académicos o pastorales que nos capacitan para un mejor servicio a nuestras comunidades eclesiales.

La primera profesión se va renovando durante algunos años para desarrollar nuestra identidad como Hijas del Espíritu Santo y crecer en sentido de pertenencia a Dios y al Instituto de manera que se fortalezca nuestra decisión de entregar la vida entera a Jesús Sacerdote y su causa, promoviendo vocaciones… ¡No nos puede pasar algo mejor!

El juniorado termina con un periodo intenso de preparación, llamado segundo noviciado, para hacer la profesión perpetua en la que nos comprometemos públicamente a ser para Dios y para los demás TODA LA VIDA.